Artículo: Mi amigo Hagen

Título: Mi amigo Hagen
Autor: Luis Miguel Rionda
Medio: Milenio León
Fecha: 8 de octubre de 2014
URL: luis@rionda.net – www.luis.rionda.net – rionda.blogspot.com
Texto:

Hace una semana, el 3 de octubre, falleció uno de los personajes más icónicos de la ciudad de Guanajuato: Enrique Hagen Calderón. Perdí así un buen amigo, a quien conocí desde siempre porque fue un gran compañero de mis padres, sobre todo en su fase como actores del Teatro Universitario. Luego me tocaría colaborar con él en algunas aventuras de tipo cultural, que referiré más adelante.

Enrique era un personaje en toda la extensión de la palabra, con un físico imponente y una voz profunda que lo hacían destacar donde quiera que él estuviera. Dos metros de altura y una barba abundante y rubia lo delataban como hijo de alemán. Fue uno de los hombres más alegres que he conocido, con una sabrosa risa de Santa Clós que contagiaba a cualquiera. Un aventurero de vocación, que conchabó a mi padre a “irse de gringas” a los Estados Unidos allá por los años sesenta. Eso le granjeó la malquerencia de mi madre, pero luego lo perdonó; nadie podía estar molesto mucho tiempo con el bohemiazo de Hagen.

Fue un actor consumado. Actuaba dentro y fuera de los escenarios. Recuerdo que ejecutó el papel de fraile en la película El Santo Oficio de Arturo Ripstein en 1973, que en parte se rodó en la ciudad de Guanajuato, sobre todo en la calle subterránea y la plaza de San Roque (otro guanajuatense destacado, Virgilio Fernández Wrenches, interpretó al secretario del Santo Oficio, Martoz de Bohorquez). Pero antes ya había aparecido Hagen en una película de Cantinflas, El Analfabeto, de 1960, aunque de pasadita.

Fueron las tablas teatrales las que le dieron más satisfacciones. Participó en los principales montajes del Teatro universitario, y en otras compañías. Existe una foto de él con Alba Mora, Miguel Santana y mi madre Teté Ramírez interpretando la Fábula del secreto bien guardado, de Alejandro Casona, en 1958. Interpretó muchos papeles, pero el que más disfrutó fue personificar a don Quijote, en una representación montada en el museo que condujo por siete años.

Otro gran momento de Enrique fue cuando participó en la fundación de la Estudiantina de la Universidad de Guanajuato el 13 de abril de 1963, la primera del continente americano. Su voz poderosa destaca en los primeros LP’s de la agrupación (era también un excelente guitarrista). Pero poco después se salió del conjunto, para fundar la Estudiantina de Oro de Guanajuato, que durante años fue la mejor de la ciudad (y del país) por su calidad interpretativa, hasta que en algún momento de los años ochenta desapareció.

Tuvo una vida política accidentada: fue líder estatal del Partido Demócrata Mexicano, el de los sinarquistas, en los primeros años ochenta. Él no era hombre de derechas, pero comulgó con el ideario popular de los sinarcas. En 1985 se le acusó de negociar el triunfo en la capital, y salió del partido. Por eso fue mal interpretada su designación al frente del nuevo Museo Iconográfico (MIQ) en 1987, pues pareció una compensación por parte del gobernador priísta. Pero para Hagen fue la gran oportunidad para consolidar su aporte cultural a la capital estatal. El Museo Iconográfico del Quijote, MIQ (qué gracioso: un quijote dirigiendo una institución quijotesca, una peligrosa combinación), se estableció para albergar la enorme colección artística que sobre el personaje cervantino había acumulado don Eulalio Ferrer, el magnate de la comunicación y la publicidad.

En septiembre de 1991 dio comienzo el interinato de Carlos Medina Plascencia como gobernador de la entidad, un panista. Desde 1987 el MIQ había iniciado la organización del Coloquio Cervantino Internacional, con periodicidad anual. Un evento académico de gran calidad, que ha gozado del apoyo de la Fundación Cervantista de México de don Eulalio Ferrer). Al nuevo gobierno pareció no interesarle participar en su apoyo. Hagen acudió al entonces secretario de Gobierno, Salvador Rocha Díaz, quien me ordenó (yo era su asesor) participar en el rescate del coloquio. Así lo hicimos entre Enrique y yo, y se logró la realización de su sexta edición.

Para entonces Hagen era muy conocido en Guanajuato, pero ahora por su programa radiofónico de los sábados “Desayunos con Enrique Hagen” en Radio Santa Fe. Desde el desaparecido hotel La Venta Vieja de San Javier (hoy La Abadía), Hagen trasmitía de 9:00 a 11:00 sus entrevistas picantes con personajes de la política estatal. Me invitó en tres o cuatro ocasiones a departir con él y con don Pedro Buchanan, su contraparte, y siempre grillaba alegremente a los gobiernos azules. Sus críticas colmaron la paciencia del joven gobernador, y fue despedido. Eso lo afectó mucho, y su salud lo reflejó.

Enrique fue un intenso enamorado de la ciudad, guanajuateño hasta las cachas. Nunca quiso a la ciudad de León, a la que se refería como “el ranchote que está entre Silao y San Pancho”. Fue todo menos un mediocre, y tuvo ideas firmes aunque a veces exageradas. Vivió con una intensidad envidiable, compartiendo su vida con doña Silvia Pundt y sus hijos Silvia y Enrique en su rancho en Puentecillas. A ellos les mando mi cariño y mis recuerdos de un quijote que se batió con gigantes en descomunal combate.

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