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Reflexiones sobre concepto de cultura política desde una perspectiva antropológica.

Si bien algunos analistas pletóricos de optimismo consideraron que en 2000 una nueva ciudadanía protagonizó una revolución democrática en las urnas, (fenómeno al que denominaron alternancia), la realidad se ha encargado de contradecir las expectativas al evidenciar de manera recurrente la persistencia de prácticas asociadas al corporativismo y el clientelismo y lejanas a la imagen del ciudadano que ejerce libremente sus derechos cívicos. Prácticas clientelares ya no solo atribuibles a los dinosaurios priístas sino que han permeado a los restantes partidos. Frente a tal fenómeno la actitud de los analistas se ubica en una escala que va de la aceptación un poco cínica de “así somos” a la justificación de la venta del voto por la desigualdad social o por limitaciones institucionales (Vease por ejemplo Cancino 2012 Escalante-Gonzalvo 2009). La existencia o no de ciudadanos, resulta consustancial para la calidad de la democracia; sin embargo hasta el momento no existen acuerdos en cuanto a cómo medir la ciudadanía. Las diferencias en cuanto a las apreciaciones dependen de la definición de cultura democrática que se adopte y en consecuencia de los indicadores a los que se recurra para medirla. La ponencia discute algunos de esos indicadores cuestiona la definición implícita de cultura a la que se recurre y propone un abordaje desde la perspectiva antropológica que la contemple como un sistema de relaciones entre gobernantes gobernados que responde a una lógica. Lógica que permea a todas las clases y los niveles socioeconómicos y que en consecuencia constituye una cultura política. Propone además que al estar integrada como una estructura de la conciencia tal cultura política no cambiará por la existencia de medidas de control para impedir el uso de los recursos públicos, sino solo cuando se modifique la lógica que le da sustento e incorporen otras pautas culturales y representaciones.